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Rulfo, el gran maestro


Fecha de publicación:   17/May/2017 01:51:54

Para ser un gran maestro, en cualquiera de los ámbitos de la cultura y del desarrollo humano, se requiere una obra excepcional. No es totalmente cierto que los grandes artistas son aquellos que han creado multiplicidad de obras, pues estas deben valorarse en su densidad y no solo por el número o por la extensión. En el ámbito específico de la literatura, ocurre algo similar ya que lo extraordinario de la producción textual de un escritor o escritora reside fundamentalmente en su particular manejo del lenguaje y del discurso, en una retórica, y por supuesto, en abordar temas de indiscutible trascendencia para un país, una región, o para la humanidad misma. El caso del escritor mexicano Juan Rulfo, quien este dieciséis de mayo de 2017 cumple cien años de haber nacido, constituye en el mundo de la literatura hispánica un claro ejemplo de lo anterior. Para quienes encontramos en la literatura y en los intelectuales latinoamericanos formas novedosas de explorar la realidad, denunciar las injusticias, reflexionar sobre la historia y el poder político, con el fin de edificar una humanidad  más justa y libre, Rulfo se nos convierte en un magnífico referente. Este narrador escribió dos libros que marcaron un cambio fundamental en el desarrollo de la literatura latinoamericana: un tomo de cuentos titulado El llano en llamas (1953) y la novela Pedro Páramo (1955). Ese cambio consiste en superar el enfoque tradicional que en la narrativa latinoamericana se le había venido dando a la realidad, específicamente al mundo rural y generar un nuevo tipo de realismo, así como en la creación de un universo mítico y la utilización de una escritura irónica y metafórica al mismo tiempo. En Pedro Páramo el autor crea el mítico pueblo de Comala, a partir de su imaginación y de los materiales que el entorno mexicano de la primera mitad del siglo veinte le proporciona: los problemas agrarios, la pobreza, la revolución cristera, las costumbres, las relaciones familiares y el machismo, entre otros. En este pueblo la fantasía y el misterio se dan la mano. En él  la vida carece de sentido, la desesperanza se apodera de todos los personajes (que constituyen una misma familia), la muerte envuelve toda la narración y el poder en sus diversas expresiones permea todos los niveles del mundo representado. La novela se basa en la visita que realiza Juan Preciado a este pueblo con el fin de encontrar a su padre (Pedro Páramo), según se lo ha solicitado su madre, a fin de reclamarle y recuperar aquello que siempre les negó: “—No vayas a pedirle nada. Exi?gele lo nuestro. Lo que estuvo obligado a darme y nunca me dio… El olvido en que nos tuvo, mi hijo, co?braselo caro”. A partir de este hecho, que adquiere carácter de eje estructurante de la novela, y con una prosa concisa, Rulfo elabora una fuerte crítica a la figura paterna y denuncia las nocivas relaciones de poder que determinan la vida de los personajes, incluso la del propio Pedro Páramo quien al final de la novela termina desmoronándose “como si fuera un montón de piedras”. En los cuentos de El llano en llamas Rulfo, con una prosa llena de poesía y condensación expresiva, ahonda en las problemáticas sociales, culturales, de poder y violencia que rigen la vida de los personajes, teniendo siempre como primer referente contextual la ruralidad mexicana. Los cuentos “Nos han dado la tierra” y “Diles que no me maten”, son reveladores de esa maestría escritural del autor, de ese extraordinario trabajo con el lenguaje, así como de la hondura de sus planteamientos. En el primero el autor evidencia las contradicciones de la reforma agraria por parte del Gobierno al señalar que la tierra que le han dado a los campesinos es árida y en ella ninguna semilla puede tener vida: “Así nos han dado esta tierra. Y en este comal acalorado quieren que sembremos semillas de algo, para ver si algo retoña y se levanta. Pero nada se levantará de aquí”. Con un tono irónico, el texto pone en cuestión dicha reforma, justamente cuando los campesinos le reclaman al delegado que a pesar de ser grandes extensiones, esa tierra no tiene agua, es un páramo, un duro pellejo de vaca: “Habría que hacer agujeros con el azadón para sembrar la semilla y ni aún así es positivo que nazca nada; ni maíz ni nada nacerá”. Sin embargo, reciben una respuesta inútil y desalentadora de parte del delegado, en la que se evidencia un desprecio a los afanes de los campesinos y se denuncia el mundo inútil de la burocracia: “Eso manifiéstenlo por escrito. Y ahora váyanse. Es al latifundio que tienen que atacar, no al Gobierno que les da la tierra”. En “Diles que no me maten” el autor nos entrega un relato profundamente humano, frío y amargo al mismo tiempo. Tiene como núcleo generador el conflicto entre el hacendado Lupe Terreros y Juvencio Nava, a quien el primero le negó pastos para sus animales que vivían “oliendo el pasto sin poder probarlo”. Por esta razón, Juvencio lo mató, fue encarcelado y una vez que salió de la cárcel se retiró a su pequeña finquita, siempre temeroso de que alguien podría buscarlo y por venganza darle muerte. Cuando se había entregado a la esperanza y aspiraba terminar sus días en paz, ya con su cuerpo hecho un “pellejo correoso curtido”, fueron a buscarlo a Palo de Venado y se lo llevaron fácilmente como lo explica el  narrador con la siguiente metáfora: “No necesitaron amarrarlo para que los siguiera. Él anduvo solo, únicamente maniatado por el miedo”. Esta forma magistral de Rulfo para reunir en un solo instante el cúmulo de miedo sentido por el personaje, le confiere al texto un marcado sentido de universalidad, más allá de los problemas particulares que aborda. Esta dimensión universal centrada en el ser humano y sus sentimientos se configura en este cuento con la asociación entre el miedo, la maldad y la violencia. El pánico experimentado por Juvencio Nava se intensifica en extremo con el comportamiento de quienes viéndolo en un miserable estado no cesan en su propósito de matarlo sin ninguna contemplación. Y duelen, nos duele como lectores, las palabras de Juvencio, quien le implora misericordia al coronel: “Yo no valgo nada. No tardaré en morirme solito, derrengado de viejo”. No obstante, lo hacen escuchar que lo amarrarán y fusilarán, para que sufra. Y finalmente lo matan dejándole la cara llena de boquetes por tantos “tiros de gracia” que le dan. Estas características que hemos destacado como ejemplos representativos constituyen ejes articuladores de toda la obra narrativa de Rulfo, quien ha sabido imaginar, indagar en el ser latinoamericano y proyectar una visión irónica sobre las principales problemáticas que lo aquejan. Sus obras, sin perder su referencialidad histórica y espacial, condujeron a la superación de la narrativa regionalista, pues instituyeron la ambigüedad entre lo universal y lo local, el realismo y la fantasía, la vida y la muerte, como sus signos más relevantes.  Todo ello con una extraordinaria economía del lenguaje, con una escritura dominada por la metáfora y un exquisito uso de las frases nominales, sin depender de formas lingüísticas accesorias o inútiles a su proyecto ideológico. Por ello, su obra es la de un gran maestro, que sabe escudriñar en lo pequeño y en lo grande del alma humana, cuestiona realidades mínimas y adquiere vocación y reputación universal. (*) José Ángel Vargas Vargas es  Profesor Universidad de Costa Rica
Fuente: http://www.elpais.cr/2017/05/16/rulfo-el-gran-maestro/