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De Ratones y Libros (Of mice and books), 25


Fecha de publicación:   20/Aug/2017 02:45:33

Viajes por mi biblioteca, 25 El conocimiento del pasado es provechoso, ya sea porque, según algunos piensan, la historia se repite; o porque permitiría al menos calcular con discreta aproximación cómo podrían evolucionar ciertos elementos que registran una fuerte presencia en el cuadro de la ‘realidad social’ analizada; realidad que, a su vez, se transforma por virtud de los actos de las personas y los movimientos sociales, en el marco de un mundo natural que también evoluciona. Como quiera que sea, para mí, ratón campante en su biblioteca en pleno Siglo 21, hay épocas que aparecen preñadas de futuro; y una de ellas es el periodo transcurrido entre la última década del Siglo XIX y el comienzo de la Primera Guerra Mundial en los Imperios del Centro de Europa (Austria-Hungría y Alemania).  Región y período que han propiciado el derramamiento de océanos de tinta sobre montañas de papel, tanto desde la perspectiva científico-social (Historia, Geopolítica, Sociología, Economía, Derecho, Psicología Social, Estadística), como desde la perspectiva literaria (novela histórica, memorias). Aquellos dos Imperios tenían de común la lengua y un pasado politico. La Reforma Religiosa y la Guerra de los Treinta Años habían profundizado la secesión de los principados del Norte, finalmente consumada en el Tratado de Westfalia de 1648. Y llegó el momento (1870) en que dichos principados se unieron bajo la égida de Prusia, para constituir el Imperio Alemán, o II Reich.  Y así fue como en ese fin de siglo se reanudó el diálogo diplomático, ahora en pie de igualdad imperial:  el viejo Imperio Hasbúrgico de Austria-Hungría, refinado y decadente, dirigido por un taciturno y fatigado Francisco José, y el flamante II Deutsches Reich, próspero y agresivo, capitaneado por el Kaiser Guillermo I Hohenzöllern y su egregio Canciller Otón de Bismarck.  Y aquel contraste entre la próspera y la adversa fortuna de ambos reinos se replicó en el ánimo y el talante de sus pueblos, y tuvo su expresión inequívoca en la voz y las imágenes proyectadas por sus intelectuales y artistas. En efecto, los pueblos encajan los triunfos y los fracasos de sus gobernantes, las victorias y las derrotas de sus ejércitos (y también ¡hélas! de sus futbolistas). La admiración de los romanos por el genio politico y las sorprendentes hazañas militares de Julio César, sostuvo en el poder durante más de un siglo a los mediocres y vesánicos descendientes de su linaje; y el más ignaro de los europeos se ufanará del prestigio de su país, que entiende apenas vagamente, y mirará por encima del hombro a Nelson Mandela o a Desmond Tutu. De este modo, a fines del Siglo XIX era patente el optimismo generalizado de los alemanes en contraste con la ironía y el desencanto de los austríacos; y ello se reflejaba con claridad en los cinco escritores de aquella generación que voy a mencionar seguidamente, y en el aporte que pudieron o no hacer a la cultura y al pensamiento de la Humanidad. En una Viena que aparentaba alegría, bienestar y glamour (capital del vals y la opereta), el heraldo del descontento fue el portentoso e ilustrado iconoclasta Karl Kraus (1874-1936), periodista, dramaturgo e histrión que con sus conferencias y sainetes, pero sobre todo mediante su famosa revista Die Fackel (la Antorcha) zahiere por igual a la Corte, la burocracia, la prensa hipócrita y conformista y a los intelectuales. Muerto en 1936, en un accidente de tránsito, a los sesenta y dos años, en el cenit de su actividad y de su fama, se ahorró el dolor del Anschluss (anexión) de 1938, mediante el cual la gloriosa Austria pasó a ser la Provincia del Este (Östermark) del Tercer Reich hitleriano. Entre muchas obras Karl Kraus nos dejó la gran tragicomedia Los Últimos Días de la Humanidad (1922), una crítica feroz contra la Primera Guerra Mundial; y La Tercera Noche de Walpurgis (1933), que presagia la irracionalidad y los horrores del nazismo. Aquel mismo desencanto, aquel pesimismo, y la crudeza con que lo manifiesta, están presentes constantemente en la obra del genial Arthur Schnitzler (1862-1931), médico de profesión, estudioso de la obra de su contemporáneo Sigmund Freud. Por consejo del librero don Marcelino Antich, temprano leí sus melancólicas novelas Teresa, Morir y La Señorita Elsa;  y muchos años después algunas de sus comedias cuyo estreno causó escándalo, como El Teniente Gustl (1900) y La Ronda (1903). Esta última fue prohibida en Alemania y en Austria desde principios de Siglo hasta el fin de la Segunda Guerra Mundial. Pero en 1950 fue llevada al cine francés bajo la exquisita dirección de Max Ophüls y un elenco de estrellas encabezado por Anton Walbrook, Simone Signoret, Jean Louis Barrault, Danielle Darrieux y Gerard Philipe. Así como también su breve novela Relato soñado (1925) se convirtió no hace muchos años en la película Ojos bien cerrados, de Stanley Kubrick. La ironía y el sarcasmo frente a la clase política, el ejército y la aristocracia austríacas impregnan también la voluminosa novela del científico y filosofo Robert Musil (1880-1942) titulada El Hombre sin Atributos; crónica despiadada del derrumbe inevitable del Imperio y del vacío en que se mueven los personajes en una sociedad que se aferra a su pasado brillante. Porque, en efecto, en esa hora crepuscular el Imperio y, sobre todo su capital, Viena, lucen como la Meca de las artes: la música de Gustav Mahler, Richard Strauss y Arnold Schonberg; la pintura de Gustav Klimt y Oskar Kokoschka; la poesía de Hugo von Hofmannstahl, Stefan George, Rainer María Rilke y Georg Trakl; la novela y el drama de Stefan Zweig, Franz Kafka, Josef Roth, el ya mencionado Schnitzler, Hermann Brock y Franz Werfel.  Etcétera: todo ello fue magistralmente evocado en El Mundo de Ayer (1942) de Stefan Zweig, en Mi Vida (1951) de Alma Mahler-Werfel y en La Antorcha al Oído (1980) de Elias Canetti. Una vision del mundo no exenta de críticas, pero muy lejos de ser decandente nos ofrece el famoso novelista y poeta tudesco Thomas Mann (1875-1955), nacido en Lübeck (Schleswig-Holstein). Cierto que en el curso de su vida transita desde una posición nacionalista de derechas que apoya la Primera Guerra Mundial (véase, por ejemplo: Consideraciones de un apolítico: 1915/18) hasta una posición cercana al marxismo (Destino y Misión, 1943; Alemania y los alemanes, 1945), pero en todo caso me parece que la circunstancia de haber echado los dientes y haberse desenvuelto hasta la madurez en una sociedad con un futuro cultural y materialmente promisorio, como fue la alemana durante los años que van desde la fundación del Imperio hasta el fin de la Primera Guerra Mundial, le dejó una arraigada convicción de que, empeñando el propio esfuerzo y enfrentando los obstáculos, se puede alcanzar un objetivo vital digno del esfuerzo. Y ese es, me parece, uno de los hilos que cruza toda su obra novelística, con una presencia que va desde la pujante economía de las ciudades del Norte que se retrata en Los Buddenbrock (1900) hasta la crítica social contenida en Doktor Faustus (1947) y que solo se detiene en la sátira que finalmente campea en Las Confesiones del Estafador Felix Krull (1954), pasando por La Muerte en Venecia (1913), La Montaña Mágica (1924), José y sus Hermanos (1933/43), Carlota en Weimar (1939), etc. (Confieso mi preferencia por las tres últimas: distantes en sus respectivos temas, pero todas ostentando un alto grado de perfección). En fin, la obra de Thomas Mann es una obra poderosa, que se dirige a vos para mostrarte el sentido de la Humanidad en la Historia de los pueblos y en la pequeña historia de los individuos. Otro alemán en las mismas circunstancias descritas, archicrítico de la sociedad capitalista, pero buscador de nuevos caminos para el ser humano fue el poeta, novelista y pintor Hermann Hesse (1877-1962); portador, también él, de un mensaje profundamente inspirador. Estaba yo en el Liceo de Costa Rica cuando oí por primera vez su nombre, en boca de mi compañero Fernando Guier Esquivel, quien estaba leyendo una novela suya: El Lobo Estepario. Entonces compré el libro y me lo leí: creo que de momento no entendí gran cosa; pero de ahí en adelante seguí comprando los otros libros de Hesse que fueron apareciendo. Leí Bajo la Rueda (un domingo, en Ojo de Agua) y leí Peter Camenzind, y los entendí, tal vez porque eran los primeros que Hesse había escrito: autobiográficos, de cuando era un muchacho más o menos de la edad que yo tenía entonces. Años después leí Narciso y Goldmundo y Siddharta, que me acercaron unos pasos más al pensamiento de Hesse. Y por ultimo cayó en mis manos El Juego de Abalorios (Das Glasperlenspiel), su última novela, que me conmovió al revelarme una alegoría de la perfección humana a través del ejercicio combinatorio extremo de las potencias espirituales, representado en las infinitas posibilidades del juego de y con las piezas de cristal (Glasperlen spiel), poliedros que son a la vez las formas de ejercicio de la humana Libertad, contrapuesta a la inexorabilidad que es la ley del Universo. De este modo Hesse, en los últimos estadios de su reflexión, nos deja entrever el verdadero destino de esta criatura débil y efímera que es la persona humana. Sigue…
Fuente: http://www.elpais.cr/2017/08/19/de-ratones-y-libros-of-mice-and-books-25/